Doctora, tengo ansiedad

Photo by Jaeyoung Geoffrey Kang on Unsplash

Érase una vez una chica de 2º de Bachillerato a la que, para efectos de la historia, llamaremos Sofía (no es su nombre real).

Sofía acudió a mí una mañana de invierno.

Y tras el saludo inicial, llegó el clásico momento:

-Y bueno, ¿qué te pasa?

-Doctora… tengo ansiedad. Desde hace varios días me despierto con taquicardias. Me sudan las manos. No he tenido crisis de pánico… pero noto angustia. En mi pecho. En mi garganta. Aún así, seguí adelante, seguí estudiando. Pero ya no puedo más. Últimamente está afectando a mis estudios y no logro concentrarme como antes. En cada examen, aunque no me bloquee, se me pone la boca seca, noto los latidos de mi corazón y tengo miedo a hacerlo “mal”.

Sofía daba una imagen de entereza. Pulcramente arreglada, presumida incluso y por su manera clara y exacta de expresarse, se la veía una chica inteligente y fuerte.

Seguimos hablando.

Su mayor preocupación, la que la llevó a consultar, era estudiar.

El curso siguiente sería su primer año de universidad y ese era su gran objetivo.

Sin embargo, sus emociones se habían comenzado a convertir en un obstáculo y, alentada por su madre, acudió a la consulta.

Tras el desahogo inicial y reunir la información que necesitaba, pactamos un seguimiento.

Le dí una tarea para casa.

-¿Crees que eres muy autoexigente contigo misma?

Sofía me miró fijamente y, tras unos segundos, asintió.

Mostrando cierto alivio y como si un clic se hiciera en su cabeza, comenzó a comprender y siguió explicándome.

Prometió pensar en ello. Prometió plantearse un cambio de perspectiva que incluía algo nuevo, prestar atención a las señales que le mandaba su cuerpo y ser más “amable” consigo misma. Cuidarse.

Sofía existe. Pero aunque yo haya dado con una en mi consulta no es la primera. Hay muchísimas “Sofías” en este mundo. No solo he visto Sofías de distintas caras en la consulta (y edades), yo también he sido un poco como ella.

El perfeccionismo y la autoexigencia son características de la personalidad que, bien gestionadas, pueden servirnos de trampolín para alcanzar nuestras metas.

Pero si algo he aprendido (también a base de errores y de “estamparme contra la pared”) es que no somos máquinas.

El cuerpo nos manda señales.

Y hay que aprender a escucharlas.

Abrazos y feliz semana.

Nos vemos otra vez en dos semanas, cuídense y mímense un poco 😉

Y salud y suerte a todos los que se enfrentan a nuevos retos y están dando forma a su futuro.

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