Sus manos

“La vejez no es lugar para cobardes”

Bette Davis

Era un día cualquiera o eso parecía.

Entre catarros, recetas y algún que otro informe, iban pasando los minutos.

Fuera un tímido sol asomaba entre las nubes y notaba la brisa colarse por la ventana de la consulta así como el aroma de la abundante vegetación que había al lado del consultorio.

Sonó el teléfono. Era para un domicilio. Pero algo en el tono de urgencia de la administrativa me hacía saber que entre antes fuera mejor.

Cuando llegué, lo ví claro. Sofía se encontraba muy mal. El color rosado había abandonado sus mejillas y cerraba los ojos mientras una respiración irregular comenzaba a hacer aparición.

Sin embargo, no empecemos por ahí, empecemos por la vida anterior de Sofía.

Sofía había sido una joven hermosa y fuerte. Había sido amada y cuidada, había amado y cuidado, había tenido sueños de futuro (no todos se cumplieron) y, en definitiva, había rebosado vida.

Sus manos eran prodigiosas.

Eran manos que sabían mimar y cuidar, acariciar y reparar, manos que habían sabido coser las heridas del alma de sus tres hijos y darles ese espacio seguro inicial desde el cual impulsarse y lanzarse al mundo a construir sus propias vidas.

Como aquel día, cuando Juan con 6 años se cayó jugando al escondite con sus hermanos en los alrededores de la casa y ella, amorosa, le curó las rodillas.

-“Tranquilo, ya está.” -Sopló dos veces en la herida tras curarla – “¿Ves? Mamá le ha lanzado un conjuro mágico a tus rodillas y ahora se curarán el doble de rápido”.

O como cuando, Sofía, que se llamaba como ella, se acababa de divorciar y acudió a su madre, hecha un mar de lágrimas.

-“Hija… hombres hay muchos y muchos te romperán el corazón y no sabrán cómo tratarte. Pero tú, hija, eres única. Y, con ellos o sin ellos, has de saber que la vida te guarda grandes momentos y aventuras. Llora sí, pero no te olvides de tí y de que, con mucho esfuerzo, un día te dí la vida y ví en tus ojos lo maravillosa que eres”.

Sus manos, también sabían labrar la tierra (y eso habían hecho día tras día) y, en las noches lluviosas de invierno, desafiaban al silencio con hermosas melodías en su antiguo piano de madera noble, herencia de su padre, quien le enseñó a tocarlo cuando solo era una niña.

En sus tiempos no había podido estudiar algo más, no había podido ser la virtuosa pianista que su padre veía en ella. Su vida pronto se había centrado en su familia y en la tierra y ahora, que la vida parecía querer escapársele en cualquier momento, le venían multitud de flashes del pasado… y de un futuro que no sería.

Cuando acudí a verla, sus manos se mostraban nudosas y llenas de arrugas, como un mapa de las miles de tareas que había desempeñado a lo largo de su vida y de los sueños que había construído, propios y ajenos.

No sufría, mostraba cierta paz en su rostro, a pesar de que todos los signos externos insinuaban que su tiempo llegaba ya a su fin.

Rodeada hasta el final de sus seres queridos que la habían cuidado con todo el amor posible, transmitía esa paz de las vidas bien vividas, con coherencia y valores.

De la vida bien luchada.

De la vida honrada.

La observé, les informé y, minutos después, en un último suspiro, Sofía se fue para siempre.

Dejando un legado que viviría más allá de ella misma.

***Dedicado a nuestras madres y abuelas, mujeres fuertes, muchas veces en la sombra, sin las cuales, no seríamos quienes somos.

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