El adjunto

Era R1 y me movía entre el nerviosismo y la ilusión.

Tras la calma “antes de la tormenta”, que no duró más de un mes (los primeros días como residente, esa época de toma de contacto con las rutinas y la profesión médica), llegaba el día D, la primera guardia.

No dejaba de pensar en si estaría a la altura de las circunstancias y, al mismo tiempo, tenía unas ganas enormes de saltar al ruedo, de demostrar que sí, valía para eso, que estaba dispuesta a dar el salto a la realidad para la que llevaba preparándome tantos años. Al mismo tiempo, al ser la primera vez, 24 horas de trabajo ininterrumpido se me antojaban demasiado y, cuando pisé la puerta del hospital aquel día, por un momento me pregunté si lo resistiría.

Haciendo acopio de valor, respiré hondo, entré en el cuarto de residentes y me puse el pijama blanco y el fonendo.

En la consulta de al lado, me esperaba mi adjunto.

Él no era como los demás.

Mi adjunto tenía una mirada penetrante y aguda que delataba inteligencia y un carácter explosivo, acompañados de unos hombros anchos y una estatura que superaba a la mía en más de una cabeza.

Mirándome con sus ojos duros no dejó de corregirme en toda la guardia, de darme órdenes y sí, si fallaba en algo no dudaba en decírmelo… sin suavizar un ápice sus maneras.

-“Marta… ¿esto qué es? -dijo subiendo el tono de voz y agitando el papel que le acababa de entregar delante de mí- ¿Te crees que puedes entregar una historia así? Esto está lleno de lagunas, así que más te vale repetirlo. ¿Vómitos? Muy bien. Pero ¿cuántos? ¿Eran con sangre? ¿Tenía fiebre? ¿qué tensión tiene?…

Continuó ametrallándome con sus palabras, mientras yo respiraba hondo para memorizar, a pesar de tener el corazón a mil, cada una de ellas con el fin de hacerlo mejor después.

Asentí, sin palabras. Estaba tensa y tenía un nudo en la garganta. Sin embargo, una nueva determinación se iba asentando en mi interior mientras le observaba.

Al menos, pensé para mí misma, a pesar de su dureza, me estaba dando una pauta a seguir. Y lo haría. Y ya que nunca me había gustado llorar en público (era demasiado orgullosa para eso) tragué saliva y le sostuve la mirada.

-De acuerdo. – respondí con serenidad.

Minutos después le entregaría un nuevo informe. Afortunadamente, (y en parte quizá por la adrenalina que se disparó en mí en ese momento) recordaba cada detalle de ese torrente de palabras y la historia clínica que le dí aquella noche era impecable.

En silencio, tomó el papel recién impreso entre sus manos, lo leyó y sonrió.

-¿Lo ves Marta? Puedes hacerlo bien. Este es de los mejores que he visto. No agaches la cabeza, vales mucho y tienes que aprender a reconocer tus esfuerzos. Date una palmada en la espalda y sigue trabajando así.

Tras esa primera guardia recuerdo, al salir a las 8 de la mañana siguiente, mi cansancio sí. Pero también mi estrés y la ambivalencia de sentimientos que crecían en mi interior. Una parte agradecida pero otra hasta las narices de tantas órdenes y tensión.

Caminaba meditabunda y somnolienta hacia la salida del hospital cuando, ya vilumbrando la puerta, él adelantó un par de pasos en su ruta para alcanzarme y caminar a mi lado.

Sus ojos se habían suavizado y revelaban un rostro transparente y amable.

“Tiene una mirada bonita”, pensé.

Entonces, mirándome fijamente, me dijo: “qué alivio al salir de aquí la mañana siguiente y quitarse uno la máscara, ¿verdad?”.

No pude evitar sonreír.

En aquel instante me dí cuenta de que su actitud no era más que coraza.

Y mis emociones cambiaron.

Ese sería el inicio de una gran amistad.

2 comentarios sobre “El adjunto

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