Luces y sombras

Domingo. Llego de las vacaciones, breves pero intensas, de volver a ver a la familia.

El lunes se revela repleto de novedades, nuevo centro, nuevo entorno de trabajo, nuevos compañeros y pacientes.

Hace sol. La mañana transcurre con normalidad y muchos “¿se quedará aquí doctora?”. Hace tiempo que la plaza no es ocupada por un médico estable, cosa que los habitantes del pueblo echan de menos, es normal (eso es la medicina de familia, continuidad).

Si bien la medicina tiene, como muchos otros trabajos, un punto de rutina, la semana no se me antoja rutinaria en absoluto.

A mitad de la semana comienzan las lluvias, vamos todos con chubasqueros y hago un domicilio guarecida bajo el paraguas de la familiar para alcanzar la puerta sin aparecer por ahí chorreando.

Y en definitiva, se sucede la vida. Vidas que llegan, que se mantienen, que se van…

Y sí, el último día se presenta como el más intenso.

Todo comienza con normalidad, hasta que una llamada nos cambia el rumbo habitual.

Un domicilio irrumpe a mitad de la mañana, con ambulancia incluída. Vamos a visitar a una paciente, ya mayor, que está muy malita, y hace falta hacerle más pruebas.

Sin embargo, en medio de todo el barullo (tomar constantes, llamar al 112, explicar…) surge una voz, la de uno de los familiares, ya mayor, que dice, “qué trastorno, es verdad… pero así todo, ¿verdad que la vida es bonita?, corta, pero bonita”.

Y hay que disfrutarla.

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